Dos veces al año, en enero y julio, los alumnos del Instituto Carrión que cursan los últimos ciclos de las carreras de Enfermería, Prótesis Dental, Laboratorio Clínico, Farmacia, Rehabilitación y Podología, realizan su primer contacto con la comunidad en una campaña de proyección social previo a los infinitos pasos que darán por los rincones más inhóspitos del Perú, e incluso del extranjero.
En la última campaña, que se inició el 10 de enero pasado en una zona suburbana de Chorrillos, se demostró una vez más que su paso por nuestras aulas, no solo se limita a los conocimientos teórico-prácticos sino a forjar un espíritu de servicio, solidaridad e identificación, para atender a una comunidad que siempre estará esperándolos para recibir orientación y atención primaria de salud.
De casa en casa
Las atenciones médicas y clínicas que realizan en forma gratuita los alumnos y docentes del Instituto Carrión en la periferia de Lima, se inician con las visitas casa por casa para invitar a los pobladores a las charlas preventivas en sus propios comedores o locales comunales. Luego de esta difícil tarea se les conduce hacia el hospital de campaña, esta vez establecido en el colegio ‘Virgen del Morro Solar’ donde se les brindó el servicio gratuito de medicina interna, Pediatría, Ginecología, Obstetricia, Geriatría, Farmacia, Fisioterapia y Rehabilitación, Odontología y Podología.
El Dr. Oscar Silva Vélez, director general del Instituto ‘Daniel A. Carrión’ supervisa las atenciones y comprueba la calidez y la calidad del servicio que brindan alumnos y médicos.
Diligentes y hábiles manos atienden a los niños, a las madres gestantes, a los ancianos; otras extraen sangre para muestras y algunas curan piezas dentales de anónimos pacientes que llegan masivamente al centro de atención.
Alumnas del último año de la especialidad de Farmacia, bajo la atenta mirada de sus docentes Quimico Farmacéuticos, explican las bondades de las plantas medicinales, de la trofoterapia, de las ventajas de tener un botiquín en casa, del buen uso de los medicamentos. También están los estudiantes que preparan productos galénicos como alcohol yodado y pomada mentolada y los entregan junto con medicinas sin costo alguno.
En el Laboratorio de Análisis Clínico, los hemogramas y otros exámenes también funcionan como el reloj, pues los médicos los necesitan para emitir en el instante sus conclusiones a los pacientes, a los que finalmente se les agradece por confiar en una institución con 40 años dedicados a la formación de profesionales técnicos en salud.
A las trece horas el trabajo del día ha culminado, y mientras los alumnos y el personal médico y administrativo se aprestan a recoger los equipos usados en esta actividad, los pobladores regresan a sus precarias viviendas con las medicinas en sus manos y la satisfacción de haber recibido una atención de salud de primera.
En esta localidad, así como en la periferia de Virgen del Morro, Señor de los Milagros y 27 de Junio, viven más de cinco mil familias, la mayoría en extrema pobreza y en viviendas precarias. No obstante, de algunas viviendas surgen pequeñas antenas parabólicas de una empresa televisión por cable. “Esto es una demostración de atención de la necesidad secundaria”, afirma el Dr. Jorge Samamé, director del Laboratorio Clínico y participante en la campaña, sin embargo, adolecen de los servicios básicos y por ende necesitan de charlas básicas en salud para evitar las enfermedades. Es más, en cada vivienda hay un perro guardián y la falta de agua agrava el contagio de enfermedades.
A estos problemas que afectan la salud, se suman otros como los dolores en la columna vertebral, por las escaleras empinadas que deben subir y la distancia en la que se encuentran las viviendas, afirma la doctora Elsa Bautista.
El ejemplo de María
María Romero Pinzónes la única niña del centenar menores que viven en el Asentamiento Nueva Jerusalén al sur oeste de Chorrillos, que apenas ve llegar a un grupo de jóvenes vestidos de blanco corre a su encuentro intuyendo quizás, a pesar de sus cortos ocho años, la noble misión que los anima a llegar hasta su precaria vivienda.
Inquieta, curiosa, y de mirada escrutadora que impresiona por su corta edad, María mira con detenimiento el ir y venir de los jóvenes alumnos que se desplazan como blancas palomas por los cerros donde se levanta el Asentamiento Humano San Genaro.
Son las 8 de la mañana del sábado 17 de enero. El sol veraniego ya empieza a calentar las cabezas pero María sigue expectante, observando y preguntándose por una comparsa nunca antes vista. Pese a su curiosidad por los foráneos, María no pierde de vista a sus hermanos menores, a quienes cuida en ausencia de sus padres en su humilde morada de este barrio popular que tiene más de 500 familias.
No recuerda desde cuando, pero hace mucho que ella queda al frente de la casa pues su padre, Carlos, trabaja de taxista, y su madre, María también, vende aceitunas en un mercado cercano. Ellos salen muy temprano a trabajar y la dejan al cuidado de sus hermanos.
Es muy pequeña para la estatura promedio de su edad, pero sus ojos vivaces y sonrisa a flor de labios revelan ya una madurez que ha debido asumir muy temprano. Sin temor se sienta al lado de una de las estudiantes y tras preguntarle qué es lo que hace, María replica rápidamente: yo quiero ser como tú, me gusta ser enfermera para ver y atender a mis hermanitos cuando se enferman. Nuestra alumna apenas si puede concentrarse en su trabajo, la labor de triaje para derivar a los pacientes, mientras escucha a la pequeña decir que sus hermanitos tienen 6, 4 y 2 años, que ella los cuida todos los días, y que los fines de semana hasta les cocina.
María tiene 8 años y cuenta su vida, pero no se queja por cocinar o atender a sus hermanitos. Tanta responsabilidad para tan pocos años no pueden admitirse, no puede comprenderlo nadie que aún contrata a una persona para que cuida a sus niños de 10 años.
Entonces, María cocina con sus manos de ocho años. Y cuando le preguntamos qué prepara, ella responde rápidamente, como si hablara de un juego: “Les hago arroz con huevo”, dice soltando una sonrisa. “Prendo la cocina con cuidado, pongo la olla, le echo el ajo, luego el aceite, enseguida dos tazas de agua, luego la sal y finalmente el arroz”, relata mientras las alumnas de Enfermería y su docente la escuchan sorprendidas.
¿Y en cuanto a los huevos fritos? María también narra también con rapidez cómo los prepara: “pongo la sartén, le echo el aceite, espero que caliente un poquito y luego le echo los huevos, así despacio nomás para no quemarme”. Y así, en pocos minutos, ya tiene la comida servida.
Este encuentro con los alumnos del Carrión le permite también a María demostrar sus habilidades en el dibujo, en sumar con los dedos y comentar que estudia el tercer grado en el colegio ‘Padre Sobrado de Barranco’. .
En la charla que ofrecen los alumnos a la comunidad sobre los beneficios del aseo y la limpieza, del consumo del agua hervida y de hasta cómo juntar la basura, la niña está muy atenta y observa detenidamente los carteles que han llevado como apoyo, pues las gráficas siempre son más aleccionadoras.
“Ya aprendí. Y le voy a contar a mi papá y a mi mamá cuando regresen de trabajar”, dice María y se va corriendo. Sale espantada en busca de sus hermanos, a quienes dejó encerrados, intuyendo también el peligro que significa dejar a los menores, paradójicamente menores que ella, sin observación. Y así como apareció junto a los alumnos de blanco, María desaparece como una paloma entre la gente.
Algún día volveremos a verte María, algún día en que tus sueños de niña grande, tu fuerza y coraje para enfrentar la adversidad, te lleven a vestir ese uniforme blanco que tanto te impresionó, que iluminó tu rostro y confirmó, sin que lo sepas, tu espíritu y vocación de servicio. Algún día, María.
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